Proyecto: FORMACIONES SOCIO-HISTÓRICAS, INSTITUCIONES E IDENTIDADES EN SANTIAGO DEL ESTERO

Controversia sobre la cultura abipona y el clientelismo político en el  Chaco argentino

Por Manuel Enrique Landsman

El domingo 25 de marzo del 2001, se publicó en el suplemento cultural del Nuevo Diario de Santiago del Estero, un breve artículo de Rodolfo Legname denominado “Una Carta”, que consta de dos partes. La primera, corresponde a un extracto de una carta de un Capellán a su Gobernador y Capitán de Guerra comunicándole el sentir de Abipones Reducidos (San Fernando) ante la ausencia del “Intendente General de la Ciudad de Corrientes, D. Nicolás Patrón” [1] ; en la segunda parte, expresa el autor dos intenciones con respecto a esta carta, por un lado pretende utilizarla como “pretexto para reflexionar acerca de cómo se construyen los actores en el siglo XVIII”; y por el otro, para “plantear algunas cuestiones sobre el clientelismo político que aún parece pervivir en nuestros días”.

 De la lectura de ese trabajo, surgieron dudas que  motivaron la elaboración de este otro artículo, que intenta responder a algunas cuestiones no suficientemente develadas en aquel:

1° ¿Los Abipones fueron sometidos, conquistado por los españoles?

2° ¿La Reducción de los Abipones fue parte de una política civilizadora activa?

3° ¿Los Abipones pueden ser concebidos como “minusválidos” o “infantes” ante el “Mundo Nuevo” que se avecindaba? ¿por su dificultad en comunicarse, por su enamoramiento o confianza hacia el español, eran como hijos ante su nuevo “Padre y Protector”?

4° por último, ¿Es posible hablar de un origen del “clientelismo político” del trato y relación entre el español colonialista y el nativo salvaje”?

Desarrollemos:

1° La relación de los Abipones con los españoles nunca fue de pueblo sometido o conquistado, todo lo contrario, la belicosidad de estos indios afirmada por la superioridad táctica es atestiguada por los cronistas.

 “Pocos fueron los grupos indígenas americanos que en forma metódica e intensa tomaron la ofensiva contra los invasores. Entre los más destacados que actuaron en la región oriental de Argentina, merecen especialísima atención los Mocobíes, los Tobas y los Abipones.

Estos últimos apenas molestaron a los españoles en todo el curso del siglo XVII, pero su saña y enemistad fue creciendo más y más durante la primera mitad del siglo XVIII, hasta llegar a ser en tiempos posteriores el terrible flagelo de las ciudades de Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Santa Fé, Corrientes y Asunción.” (Guillermo Furlong, S. J. [2] )

Los Abipones conocieron, la figura del Estado, como una fuerza invasora en sus dos caras terroríficas, como la venganza de un déspota invisible (y por lo tanto invencible) que destruye la ley y la sociedad tribal; y como resentimiento ineludible de los cuerpos sometidos a este régimen. Pero, al mismo tiempo reconocieron en sus propias fortalezas las claves de su resistencia: la velocidad y el territorio.

 “En algunas ocasiones - cuenta Dobrizhoffer [3] - creyeron los gobernadores del Tucumán en una acción que acabara de una vez y para siempre con las depredaciones, asaltos, matanzas y estragos de Mocobíes, Tobas y Abipones, pero todos esos esfuerzos salieron frustrados.

Alonso Mercado de Villacorta, Angel de Peredo y algunos de los sucesores de los mismos en la gobernación del Tucumán formaron ejércitos a este fin y llegaron a hacer largas jornadas, pero sin hallar rastro de los indios que buscaban. Si algunas veces hallaron a algunos y les dieron muerte, este hecho sólo sirvió para acrecentar el odio que abrigaban ya los sobrevivientes y sus connacionales en contra del español.

Aún más: esas expediciones pusieron de manifiesto a los indios que las armas y táctica militar de los tucumanos no eran para ellos un peligro. En primer término aquellos soldados no conocían el país como ellos lo conocían, ni sabían donde estaban las guaridas inaccesibles a los extraños. En segundo término los españoles venían cansados y fatigados, después de varias jornadas de camino áspero y bravío o al través de bosques o secadales. En tercer lugar maniobraban con lentitud en el manejo de sus armas, mientras que los indios eran rápidos en el uso de las suyas. El español sólo contaba con una ventaja sobre el indio, y era el número de soldados que podía poner en pié de guerra. Mil, dos mil o más hombres era un ejército que ponía terror en los indígenas, pero podía también ser vencido mediante la huida. La fuga era en estos casos la táctica del indio y sabía ciertamente valerse de ella con tal habilidad que en esos casos no daban los españoles con indio alguno aunque recorrieran distancias de cincuenta a cien leguas.” (Furlong)

Estas características bélicas del nativo sumados a las del terreno obligaron a los españoles a utilizar otras estrategias, la política y no la guerra. O la guerra por otros medios, Misiones, Reducciones, Alianzas parciales.

 2° Desprendiendo de esto, el intento de Reducciones no fue tanto para civilizarlos como para que sirvieran de barrera contra ataques hostiles a las ciudades y estancias.

En este sentido, eran Reducciones voluntarias, pactadas entre aliados, y no Reducciones forzadas, fruto de la derrota.

“Los salvajes Abipones, Tobas y Mocobíes tenían a Corrientes en continua alarma. Era imposible tener estancias, y era poco menos que imposible el salir del casco de la ciudad sin evidente peligro de la vida. No en vano los correntinos ansiaban tener en sus alrededores una reducción que fuera como fortín contra las irrupciones de los indios.

Sólo pudo Corrientes levantar cabeza y volver a su prosperidad primera, después que en 1747 aceptaron los Abipones el  formar un pueblo cristiano frente a Corrientes, eliminando así el foco de las invasiones y estableciendo una Reducción que fue como un antemural de  la misma ciudad de Corrientes.” (Furlong)

De esto se desprende que la política de la conquista no fue más que una política reactiva, de protección, de salvaguarda de las vidas y bienes de los españoles más que una acción por sojuzgar o gobernar y civilizar a los infieles.

 

“Una de las cosas que los inclinaba a la vida civilizada y estar en las Reducciones era el que había ovejas de cuya lana se aprovecharían para vestirse.

Esta ventaja y la de tener carne abundante eran dos razones que los detenían en la Reducción pues ellos decían abiertamente que por lo demás la guerra con los españoles les era más provechosa que la paz con ellos, pues en la primera se posesionaban de sus bienes. Con gente de esta índole nada se podía si no había algo para darles. Ningún orador, ningún apóstol podría con ellos si no era mediante regalos y ventajas materiales. Aunque les apareciera un Angel no le harían caso si venía con las manos vacías, y recibirían con júbilo al Demonio si traía una de las cosas que ellos desean”. (Furlong)

Desde el punto de vista económico, las Reducciones de los Abipones nunca representó un beneficio directo, más que como contención del pillaje y del ataque del nativo. El principal obstáculo para el mantenimiento de estas Reducciones fue el gasto de bienes, donaciones de animales fundamentalmente, en que debían incurrir los habitantes de las ciudades para evitar la dispersión de aquellos.

Dobrizhoffer comenta en otro pasaje, que enterado de la angustia económica del pueblo, el Provincial de los Jesuitas envió mil cabezas de ganado vacuno.

“Una cosa es bien cierta, escribe Dobrizhoffer evidentemente molesto, y es que esta reducción (San Fernando) no existió por la ayuda de los Españoles, sino y muy principalmente, por la vigilancia y ayuda de los jesuitas. Bien poco fue el socorro que recibió de la ciudad de Corrientes, no obstante ser ella la más beneficiada.” (Furlong)

En tres años y dos meses en el pueblo de San Fernando, fuera de los niños, se habían bautizado sólo 15 adultos y de estos sólo 15 viven cristianamente, los demás viven a su modo [4] . Con lo que se afirma la convicción de Reducciones para Contención y no para Civilización.

3° Más extraña son esas afirmaciones: <<“...lo miran como Padre y Protector..”>>;de  la que Legname infiere: “son como niños, criaturas indefensas”, “la infancia de estos hijos aborígenes que necesitan un padre que los proteja”. Ya se sabe la visión tradicional del europeo ante estos nativos, libres, sin obligaciones más que con su deseo de conservar su autonomía y costumbres. Pero, no eran unos “tontos” que confiaban ciegamente, sujetándose por puro amor a un “Padre Protector”. Resulta extraño, por diversos indicios señalar la posibilidad que éstos nativos confiaran ciegamente en alguien, menos si no es, en uno de ellos. Tampoco desconocían los vicios españoles, del engaño y la traición, cosas habituales en la dinámica de grupos en permanente guerra. Un rasgo descrito por los viajeros o etnógrafos con frecuencia es la inconstancia o el gusto por la traición de  los salvajes, “la inconstancia significa, simplemente, que la alianza no es un contrato, que su ruptura jamás es percibida por los Salvajes como un escándalo, y que, por último, una comunidad dada no tiene siempre los mismos aliados ni los mismos enemigos” (Clastres). La desconfianza “recíproca y fundada” deriva de que las alianzas no son nunca deseadas más que como medio, con disgusto, para lograr, con los menores riesgos y gastos, el objetivo de la acción guerrera. “En una oportunidad - escribe Dobrizhoffer - llegóse a temer tanto de la suerte que correría el pueblo al verse rodeado de  cuatrocientos soldados enemigos, que el P. Klein cruzó el río y solicitó refuerzos al Sr. Nicolás Patrón. Vino en efecto este lugarteniente en compañía de diez soldados, pero fue recibido por los indios del pueblo con sus rostros pintados, indicio de descontento o mala voluntad. Al llegarse a Pachické, hermano de Naré, otrora amigo de Patrón, le dijo éste: “si quieres hablar conmigo lávate la cara”,  “pues precisamente porque voy a hablar contigo -le dijo el indio- me he pintado con estos colores” y a continuación echó en cara a Patrón la infidelidad de los correntinos en el cumplimiento de sus promesas. “Nosotros los victoriosos, agregó, concedimos a vosotros los derrotados la paz que solicitasteis. No queríamos reunirnos en pueblo, pues sabíamos que éramos menos en número que nuestros enemigos, pero nos resolvimos a ello impulsados por vuestras promesas. Pero éstas las hicisteis para que fuéramos vuestros defensores, sin ser defendidos por vosotros. “Nuestros soldados nos dijisteis, serán vuestros, y vuestros enemigos serán nuestros enemigos”. El hecho es que nuestra amistad con vosotros sólo nos ha proporcionado promesas, y nos ha creado enemigos pues lo son los Mocobíes y Tobas”.

Si el Sargento Nicolás Patrón los protegía (y aquí se ve cuanto), lo hacía de las bandas hostiles a la reducción. Por lo tanto su presencia era sumamente necesaria, pero no por la confianza filial o por amor, o por agradecimiento recíprocos, sino por el poder defensivo de sus tropas aliadas a las nativas, único garante de la protección del ganado, caballos y personas. Una cosa es un “amigo” y otra muy distinta un “Padre y Protector”, el uno es un aliado, un par en todo caso, el otro, es un amo, un patrón, figuras manifiestamente contradictorias.

Ni desde el punto de vista de un “desconocimiento del Nuevo mundo, un mundo con reglas nuevas” ante el cual se plegarían absortos unos “inofensivos, quizás inermes” nativos. No existe ninguna evidencia sobre una preocupación por conocer el “Mundo Nuevo”, ni ningún otro mundo cultural fuera del propio.

Toda sociedad (dependiendo del grado de cohesión) concibe su mundo cultural como Total y Único, los Abipones en particular (incluso los Reducidos) consideraban su mundo cultural como basto y satisfactorio, aunque con signos de decadencia demográfica derivados de la perversión de la “máquina de guerra”, tema tratado magníficamente por  Pierre Clastres [5] .

Los españoles, poseían un jugoso botín, lo que suscitaba la permanente tentación del rapiñaje, rapto y hurto. Incluso uno de los motivos por los cuales el cuerpo de guerreros tomaron mayor protagonismo se explica por el abandono de las actividades agrícolas y de caza, ante la facilidad de aprovisionamiento a través de las actividades de pillaje, “los indígenas pensaban que era más fácil procurarse los bienes que precisaban con las armas en la mano” (Clastres)

Los españoles no representaban un serio peligro para los salvajes Abipones, todo lo contrario, despertaban la ambición como el cordero al lobo. El verdadero problema era de las poblaciones españolas, su defensa como de sus fracasos en materia de dominación militar y civil efectiva.

Las alianzas son siempre medios para conservar la independencia. Para cada grupo local todos los Otros, incluyendo los aliados, son extranjeros: la figura del Extranjero confirma, para cualquier grupo, la convicción de su identidad como un Nosotros autónomo. Esta independencia se logra con la guerra como política exterior permanente. Habrá que esperar más de un siglo para presenciar la desarticulación de la cohesión interna de los Abipones (con la Conquista del Desierto, de Julio Roca y Cia.).

La desconfianza manifiesta hacia los españoles, parece sólo atemperarse ante obsequios o bienes materiales donados, pero fundamentalmente ante la disposición efectiva de sus tropas y armas. Y no ante promesas incumplidas o temor ante la amenaza de sus circunstanciales aliados “civilizadores”.

4° Para establecer una relación de “clientelismo político” es necesario primero reconocer la integración de un único sistema político bajo la figura del Estado, con reglas y valores compartidos, según jerarquías y en la división de la sociedad en gobernados y gobernantes, ya que, sólo de ese modo es posible generalizar las características del modelo clientelar de “desigualdad”, “reciprocidad”, “cara a cara” y de “flexibilidad difusa” (Auyero [6] ). Condiciones inexistentes en el caso de las sociedades salvajes, dado el estado de guerra permanente que solo permite la formación de un sistema de alianzas entre unidades inconmensurables y por lo tanto, que excluyen toda posibilidad de clientelismo político dentro de la comunidad, sin romper la cohesión de grupo, y resulta mucho más impensable, un clientelismo, así definido, entre los españoles y estos nativos (o con sus caciques) reducidos por propia voluntad y bajo sus condiciones, y por lo tanto, no sometidos.

“Mundo sin jerarquía, gentes que no obedecen a nadie, sociedad indiferente a la posesión de la riqueza, jefes que no mandan, culturas sin moral porque ignoran el pecado, sociedades sin clases, sociedades sin Estado, etc. En pocas palabras... la sociedad primitiva es en su ser, indivisa.

... ignora la diferencia entre ricos y pobres, la oposición entre explotadores y explotados, la dominación del jefe sobre la sociedad.” (Clastres, 201)

Ahora bien,  al interior de estas sociedades la economía está subordinada a la política, la producción está subordinada a la relación de poder. Pero este poder no es ejercido por un líder o big-man, cacique, ni por una jefatura separada del resto de la comunidad.

“... Resulta que para cumplir su obligación de generosidad el big-man deberá producir sólo los bienes que necesita: no puede contar con los otros. Sólo le prestarán ayuda y asistencia aquellos que, por diversas razones, consideran útil trabajar para él: sus parientes, que a partir de ese momento mantienen con él una relación de clientela...y sus mujeres”.

Pero este “clientelismo” que se establece entre el big-man y sus parientes es bien distinto al de las sociedades con Estado, en dónde el intercambio de favores se estableces entre instancias de jefatura de desigual jerarquía (funcionario-político y puntero local, por ejemplo) en el caso del “El big-man accede al poder <<con el sudor de su frente>>; como no puede explotar a los otros para producir un excedente se explota a sí mismo, a sus mujeres y sus parientes: auto-explotación del big-man y no explotación de la sociedad por el big-man que, evidentemente, no dispone del poder de obligar a los otros a trabajar para él, ya que es precisamente ése el poder que busca conquistar (Prestigio).

Por lo tanto, en estas sociedades, no se da una división del cuerpo social según el eje vertical del poder político: no hay una división entre una minoría de dominadores (el jefe y sus clientes) que mandarían y una mayoría de dominados (el resto de la comunidad) que obedecerían... la sociedad en su conjunto explota el trabajo de la minoría que rodea al big-man.” (Clastres). 

 

Estas notas, apuntan a lo que entiendo es la intención de fondo del artículo de Legname: ¿Cuál es el papel actual e histórico del Estado y la sociedad civil ? (y marginal -los abipones de hoy), más allá del mero análisis de las utilidades económicas y las estrategias políticas que tienden a sostener y a perpetuar la desigualdad cultural en el campo de la violencia simbólica.

No descarto totalmente, la posibilidad de que el clientelismo político (o de otro tipo) pueda estar fundado en el siglo XVIII (aunque seguramente mucho antes), sólo afirmo que el ejemplo de la relación entre la sociedad Abipona y española en el Chaco argentino, no es una prueba de ello, aunque sí, creo, marca el final exacto en que las últimas sociedades de hombres libres y honrados, pisó la tierra antes de someterse a todas las formas corruptas inherentes al Estado, de las cuales el clientelismo político, es sólo una de sus caras visibles.

  



NOTAS

[1] El cargo real del Sargento Mayor D. Nicolás Patrón era, Lugarteniente de Gobernador, Justicia Mayor y Capitán de Guerra de la ciudad de Corrientes.

[2]   “Entre los Abipones del Chaco”, por Guillermo Furlong, S. J.,Bs. As. 1938.

[3]   Martin Dobrizhoffer misionero jesuita de origen austríaco trabajó durante diecisiete años entre los Abipones y Guaraníes (1750-1767), escribió en 1783 el primero de los tres tomos que llamó “Historia de Abiponibus”. Existe una edición Argentina, de la Universidad Nacional del Nordeste (1967-1970).

[4] Carta que escribió en 1753 el P. José Klein al Visitador de la Provincia del Paraguay P. Nicolás Contucci. Biblioteca Nacional de Santiago de Chile.

[5] Clastres propone que la formación de un grupo de guerreros especializados, como el caso de los Abipones, es el responsable de la transformación del “estado de guerra permanente (situación general de la sociedad primitiva) en guerra efectiva permanente (situación particular de las sociedades con guerreros).” Y que esto llevaría a alterar la estructura misma de la sociedad, en su ser indiviso. “El poder de decisión de guerra o paz no pertenecería ya, en efecto, a la sociedad, sino a la cofradía de guerreros... El guerrero empujaría a la sociedad a un ciclo de guerras no deseado”. “La desgracia del guerrero salvaje” en “Investigaciones en Antropología política”.

[6] “La doble vida del Clientelismo político”, Javier Auyero, revista Sociedad N°8.

Correo : melandsman@gmail.com

 

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